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La
canción del verano es el verano mismo, un invento-fórmula
que hace atractiva Benidorm en noviembre.
Después
aparecen citas y referencias, la calor ya no es lo que era (o no
aparece cuando aparecía) y un ordenador al Sol se deshace
en cálculos.
La
canción del verano reinventa la melodía igual que
el anterior mundial de fútbol reinventó la emoción...
estereotipándola todavía más de lo subnormal
y alejándola todavía menos de cualquier zona (léase
esquinita) sin contaminar.
Hay
gritos debajo de cada ventana y después de cada gol, igual
que hay estribillo debajo de cada ventana y después de cada
gol -sorbo de cerveza-.
Viene
la lluvia y se va.
Un
resto permanece cuando dictan el fin, uno va a la suya y favorece
a las suyas; las playas ya están llenas todo el año
gracias al imaginario: unos de salida y otros de entrada, la arena
y el agua como binomio de nadie, salas de espera.
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